martes, 15 de febrero de 2011

El Sabor de la Parchita


Hay sabores que mas que quedarse pegados a la lengua se quedan pegados al alma y al sentimiento. Es por eso que en nuestro autoexilio nos negamos a renunciar a ellos y somos capaces de pagar elevadísimos precios por experimentar por pocos segundos esa caricia al paladar, por revivir esa nostalgia en la lengua.
A mi me pasa con muchos sabores. Extraño las cachapas con queso de mano porque son deliciosas, pero también porque me recuerdan viajes en carretera con mi papá de niña, camino a la playa. También de adulta, con los panas. Extraño las cocadas que nos tomábamos en Naiguatá, porque también se trataba de los viajes a la playa con mi papá. Extraño el café de la panadería, y los cachitos de jamón, porque me recuerdan mi independencia y por alguna razón, a pesar de la miserable remuneración, mi diario acontecer profesional en una ciudad caótica. Extraño un pescado frito con tostones y ensalada a la orilla de la playa, por eso, por la playa, y también por mi papá (hmm, papá-comida-playa, la combinación perfecta), con quién solíamos comerlo a menudo en un restaurant de Naiguatá cuando era muy niña. Esos sabores y sus recuerdos respectivos, son felices. Y por eso los extraño. Y cuando puedo reproducirlos, los sabores al menos, por algunos segundos, mientras disfruto poquito a poco del sabor en mi boca, alegrándome cada papila gustativa, mi alma se regocija mientras en mi cerebro se disparan las imágenes felices hermanadas a ese sabor para siempre.
Y las frutas? Hay un montón de frutas de mi tierra que añoro. Me veo recogiéndolas de los árboles, tomándolas en fruterias en batidos y jugos recién hechos. Dulces, ácidas, frescas.
Pero mi favorita es la parchita (Passiflora Edulis). La parchita o maracuja es uno de esos sabores autóctonos que me trae deliciosos recuerdos. En mi juventud, casi echo a perder el significado de esa dulzura acidita,  tomando guarapita de parchita en Choroní (para eso daba el presupuesto en aquellos dias), amaneciendo con terribles dolores de cabeza al dia siguiente. Pero afortunadamente están los recuerdos de la mousse de parchita de la pastelería Danubio y las largas tertulias con amigos mientras la acompañábamos con un café y buena conversa. O el jugo que me hacía mi abuelita, casi la puedo ver colándolo para sacarle las pepitas.
Hace unos dias, celebrando en casa de amigos, fuí testigo de la creación de un pie de parchita muy sui generis. Mi amigo lo preparó sin receta, y sin muchos ingredientes. Aquí se consigue el jugo concentrado y congelado en bolsitas (gracias a dios, el capitalismo y la globalización). Le quedó fantástico.
Yo me dije que también podía hacerlo y me aventuré este fin. Yo creí haber seguido sus pasos al pié de la letra cuando intenté repetir su hazaña. Pero la costra del pie me quedó de terror, como arena apelmazada flotando en mantequilla, y a pesar de que el relleno quedó perfecto de sabor, la consistencia dejó mucho que desear. Mi marido se burló otra vez de mi nuevo fracaso en el arte pastelero e insistió en que me quedara con la cocina salada que es lo que me sale bien, y sin recetas ni medidas. Pero yo no me rindo. Así que busqué una receta para repetir el experimento el próximo fin (aqui está la receta de Crónicas Gastronómicas), y juro que seguiré la receta como debe ser, sin inventos. A ver que sale.
No puedo dejar de pensar que mi negativa a seguir las instrucciones de una receta pueda ser algo cultural, y que por andar inventando e improvisando es que el terruño también se vé como mi experimento de este fin (desastroso), dejándo en la boca un sabor de frustración, en el ojo una espina y en la basura los restos y la pérdida de tiempo y dinero. Porque que bueno podría haber salido el experimento con los mismos ingredientes y las instrucciones adecuadas...
Ver También: En mi Cocina...

3 comentarios:

  1. jajaja...que bien escribe!
    leo esto justo al terminar mi humilde almuerzo cacero con mi hijo que cuando hervía el arroz comenzaba a respirar más profundo frente a la olla, pues lo hice hoy como me enseno mi mama yme quedó tal cual, yo también volví a ser nina por unos minutos y me traslade a mi infancia hoy...
    chica, yo te digo...los planetas...que casualidad...

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  2. Los maridos deberían saber que la burla es inversamente proporcional al amor y que a una cocinera JAMÁS se le debe decir "ni lo intentes"; te animo a que repitas el procedimiento!!! A ver, horneaste la base? estaba helada la base cuando la horneaste? Eso puede haber sido. La masa quebrada debe estar heladísima antes de entrar al horno, así no se desmorona ni se encoje.

    Tu texto es hermosísimo, lleno de emociones y recuerdos. Al igual que tú, amo la parchita y me parecen flores comestibles de tan aromáticas que son. Qué precioso recorrido por tus memorias gastronómicas, estoy conmovida y emocionada.

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  3. Gracias por tu comentario Karina! pero mas gracias aún por los datos. Lo voy a hacer de nuevo este fin. "Puse la torta" porque la masa no estaba helada, y encima cunado la mezclé, no derreti la mantequilla primero :( pero la próxima es la vencida! Mi marido se muere de la envidia...porque el pastelero es él! el hace UNA torta al año, pero le queda siempre de libro! Gracias y hasta pronto!

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